La Música XXVI, “la Gran Incógnita”

13 Enero, 2010 - Escribir una respuesta

La Música es sonido y el sonido por sí solo no significa nada. Cualquier intento de significar la Música viene tras su asociación con elementos de la vida que puedan recrearse con un patrón rítmico o una línea melódica. En realidad es la Música la que imita a la vida. Y cuando el hombre recrea la vida con el sonido es cuando realmente comienza la Música. La primera Música que oímos es el latido del corazón de nuestra madre. Así, con la aceleración y deceleración de su ritmo cardíaco aprendemos uno de los recursos más básicos, más “vitales” y más coherentes para expresar musicalmente la excitación, la tranquilidad, el estrés o el reposo. Su voz, con su linealidad melódica, hará lo mismo con elementos expresivos más sutiles. La naturaleza también nos sirve de modelo, como en la recreación musical que hace de ella Monteverdi en su madrigal “Ecco Mormorar L’onde”, imitando el canto de los pájaros o dibujando linealmente los picos de un paisaje montañoso; o como en el caso de “El Mar” de Debussy, una de mis obras orquestales favoritas. En el terreno simbólico, la señal de la cruz es fácilmente recreable con una línea melódica cruzada, como en el “Stabat Mater” de Vivaldi. La asociación del habla con la frase melódica y cómo ambas se rigen casi de la misma manera parece evidente. Apurando un poco la cosa, una pieza musical se desarrolla a lo largo del tiempo igual que la vida de una persona, con su nacimiento o presentación, crecimiento o desarrollo y su muerte o cadencia.

El problema viene cuando no encontramos fácilmente una asociación, o simplemente no la hay. Y sin embargo, la Música funciona, sigue funcionando. Si buscamos un motivo para que la Música naciera, fuera donde fuera y fuese cuando fuese que nació, se nos ocurre pensar en el deseo de expresar con el sonido algo que el lenguaje no llegaba a matizar. O por el contrario era simplemente una herramienta artificiosa para captar la atención y lograr el efectismo necesario para impresionar a los demás humanos en las primeras manifestaciones religiosas, empezando a utilizar la música como elemento que “eleva” a quien la practica sobre los demás, como si estuviese dotada de poderes mágicos. Hasta la fecha.

La utilización de la Música para fines no musicales da para mucho. Desde los padres que desean enseñar a las visitas cómo su hijo toca el piano o se dejan ver en la ópera con sus mejores galas hasta el adolescente que aprende los tres acordes de la balada del momento para intentar mojar el churrito. Dando el paso de quienes tienen un trato más intenso con la música, están los que citan con pelos y señales el número de opus, la tonalidad, la duración y el año de grabación con tal orquesta y con cual director de cualquier obra que se precie, como si de ello dependiera el disfrute y sobre todo la comprensión de la misma. Con los intérpretes pasa lo mismo: están los que se muestran a sí mismos sin preocuparse tanto de la obra o las intenciones del compositor como de hacer un buen papel en el escenario, tanto virtuosístico como de imagen. Y es que en general, para lo bueno y para lo malo, la Música da para mucho. Tenemos Música específica de todos los pueblos, desde todas las épocas y para todos los acontecimientos humanos. Tenemos la posibilidad de un acercamiento a la Música a través de su audición (la más importante en mi opinión), a través de su estudio o lectura, a través de la interpretación, composición, dirección, crítica…

Todos usamos, entendemos y hablamos de Música, pero no creo que nadie haya sido capaz de entender de dónde surge la Música. Quizá sea porque a diferencia de otras artes, la Música se desarrolla en el tiempo, y en su asimilación intervienen a la vez muchos mecanismos, tanto perceptivos como psicológicos, y tiene siempre un carácter perecedero, instantáneo e irrepetible, afectado además por la necesidad del uso de la memoria (no escuchamos de igual manera la misma pieza por segunda vez), dando lugar a un terreno extraño donde la apreciación y valoración varían según muchos factores. De hecho, solemos llevarnos por opiniones generalizadas a la hora de animarnos a escuchar una determinada música. Y a partir de ahí cada uno hace sus preferencias.

En diciembre me invitaron a tocar el violín en una residencia geriátrica en Cádiz. Se trataba de una sorpresa para animar en estas fechas “tan complicadas” a la gente que, voluntaria o involuntariamente, vive allí. También actuó el coro “Amanecer”, que después de mí animó bastante a los ancianos. Intenté preparar un popurrí lo más alegre posible con villancicos populares, sin caer en sentimentalismos que pudieran hacer estragos en personas que realmente deben pasarlo mal en Navidad. A pesar de ello, algunos no pudieron evitar soltar alguna lágrima. No se trataba de que tocara bien o mal, sino de que probablemente recordarían muchas cosas.

Y yo sigo sin entender qué carajo es la Música.

Billy XXV, “el Bueno”

15 Julio, 2009 - Escribir una respuesta

guitarraBilly pensaba que simplemente bastaba con hacer las cosas bien.

Cuando dejó su trabajo para recorrer el país con lo puesto, su guitarra y el viejo “Pulgas”, pensaba que su vida recuperaba aliento, que volvía a tomar las riendas y no se dejaba llevar como los demás.

En un principio pensó que denunciar prácticas irregulares en su compañía era lo correcto. La idea de su marcha, que rondaba desde hacía algunos meses por su cabeza, sobre todo desde que empezó a pensar que perdía fuelle, que ya no se recuperaba tan rápido de una noche de juerga, de dormir poco entre semana o simplemente de jugar un partido de béisbol con sus amigos de universidad, se vió reforzada tras la reunión con los abogados de su compañía, en la que le quedó claro que no podría demostrar nada sin violar el secreto profesional y que incurriría en un delito grave. Y eso tampoco era correcto.

Cathy no estaba dispuesta a aceptar el cambio que él le proponía: empezar de nuevo, como cuando se conocieron, perder la estabilidad tras tantos años de esfuerzo a cambio de un poco de independencia. Un poco de hambre a cambio de sentirse íntegro. No le sorprendió.

chocolate

Tampoco le pareció correcto luchar por el reparto de bienes. No quiso rebajarse a regatear por un puñado de cosas. Cathy se empeñó en llegar a un acuerdo, no aprovecharse de la situación, pero él no dió su brazo a torcer. Quería, como siempre, darle una lección moral. A ella y a todo el mundo.

Orgulloso, se despidió uno por uno de sus amigos y familiares, conocidos y vecinos, con unos vaqueros intencionadamente gastados y la chupa de cuero de cuando la universidad, recalcando que “Pulgas” era el único que le entendía, que los animales eran más nobles que las personas. Que ahora sería libre.

Cuando las ampollas y la mierda empezaban a ser insoportables, se consolaba pensando que seguirían hablando de él en la hora del desayuno en la oficina… meses después de irse. Pensarían: “Qué suerte, él sí es alguien íntegro, haciendo lo que siempre ha querido: asaltar conciencias acomodadas con las viejas canciones de Dylan, Baez, Guthrie, Seeger…”

CarreteraCuando una noche se despertó por la fuerte comezón y el viejo “Pulgas” giró la cabeza para lamerle las manos, el bueno de Billy le dió una patada lanzándolo a media calle, sin preocuparse por si pasaban coches o no. No tenía dinero para veterinarios y estaba en contra de las perreras, así que decidió sacrificarlo él mismo.

Caminando sólo por una carretera secundaria pensó que ya era hora de volver a tomar las riendas de su vida, de recuperar el aliento, haciendo lo que mejor sabía, lo que siempre había hecho. “Al fin y al cabo, para que todo esto siga funcionando -pensó- alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Alguien tiene que levantar el país”. La Tierra Prometida.

Audrey XXIV, “la Bruja”

7 Julio, 2009 - Escribir una respuesta

audrey_hepburn41No puedo con esta mujer. De verdad que no puedo. Si se puede desarmar a alguien con la mirada, ella sería el ejemplo perfecto. Buscando imágenes de ella en internet, he encontrado éstas tres que no conocía. Y me ha vuelto a embrujar. No sé si he visto alguna vez una mujer más guapa que ella. Y que “diga” tal cantidad de cosas bonitas sólo con los ojos. Por eso la pongo bien grande, para que os embruje a vosotros también.

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Como muchos, y como no podía ser de otra manera, me enamoré de ella viéndola cantar “Moon River” en “Desayuno con Diamantes”. Y es que con el siempre elegantísimo Henry Mancini, que también tiene buena parte de culpa, hace un tándem perfecto para transmitirnos en sólo unos compases y con una asombrosa sencillez (¡por eso aún más grande, Henry!), el desarraigo y la soledad del personaje que, como al fracasado escritor interpretado por George Peppard, nos hace desear abrazarla y protegerla, del mismo modo que al final de la película ella quiere proteger y cuidar al pobre gato llamado simplemente “Gato”. Llamadme cursi, pero es que me encanta. Mancini dudó bastante a la hora de componer este infinitamente versionado tema. No fue hasta que interiorizó verdaderamente el estado de vulnerabilidad del personaje, que pudo sentarse y en unos pocos minutos componer esta pequeña obra de arte. Un clásico.

audrey-hepburn1Lo curioso de esta mujer es que no la encajo en el prototipo de mujer tremenda que despierta en nosotros deseos sexuales. No me entran ganas de cogerle el culo ni de empernocarla, ni por detrás ni por delante, como dirían algunos de mis amigos de “Sombrerero Loco”. No sé cómo hubiera reaccionado de conocerla en persona. De sonreirme alguna vez, me hubiera quedado petrificado… y con una cara de gilipollas impresionante. Hubiese querido hablar con ella, ser amigo suyo, verla todos los días. Nada más. Y nada menos, claro. Me pregunto si le habría caído bien…

No quiero extenderme demasiado. Prefiero que “hablen” sus ojos y que cada uno interprete lo que quiera. Me imagino que una vida difícil (aparte del éxito en el cine) tiene bastante que ver con lo que transmiten. Seguro que a poco que os fijéis, os dirán muchas cosas.

Por último, no quiero dejar pasar la oportunidad de cagarme en los muertos y en la putísima madre de quien se vuelva a atrever a hacerle una comparación, por lejana que sea, con la Pe de España. ¡¡¡SUS GANAS!!!

Federico XXIII, “el Pianista”

29 Junio, 2009 - Escribir una respuesta

GarciaLorcaLa música es muy golosa: todos nos acercamos a ella de una manera u otra. La consumimos bien escuchando, bien leyendo sobre ella, bien tocando algún instrumento… Y también es muy generosa: tenemos música de diferentes estilos, épocas, con diferente instrumentación… y que nos provoca diferentes reacciones, desde la más tranquila a la más enérgica. Así elegimos en cada momento qué tipo preferimos. También está la música que simplemente acompaña o envuelve algo: la cabecera de un programa de televisión, un anuncio, un acto público, la extracción de una muela…

…una obra de teatro, un poema…

La música está en todos lados y desde que el hombre es hombre.

Federico García Lorca fue un buen pianista. Hay grabaciones que así lo demuestran. Siempre estuvo interesado en ahondar en el folclore andaluz, engrandeciéndolo y haciéndolo suyo, de una manera muy personal y a la vez universal. Y su contacto y amistad con grandes del panorama intelectual español del siglo pasado, como Falla, Dalí, Buñuel, nos permiten entender la capacidad de este hombre para asimilar nuevos enfoques y tendencias en el arte en general, no sólo en la poesía o el drama. Pero mejor, y antes de meter la pata, cambio de tercio, que hay mejores páginas en internet hablando sobre él.

20071021elpepicul_8Como digo, la música es muy golosa. Yo mismo he querido acercarme bastante a ella, especialmente a través del teatro y de grupos que me han permitido colaborar con ellos. Lo malo es que es golosa hasta el punto de que en demasiadas ocasiones he tenido que trabajar con directores que también se sienten atraídos por la música, y por la tentadora tarea de componer: tarareando una melodía, un ritmo, proponiendo la utilización de un determinado instrumento, un arreglo… Así, cuando te sientas con ellos para ver cómo se puede musicar un drama, te indican cómo debe ser la música. Quieren que la hagas tú, pero como ellos te dicen. Y después de 14 años, todavía no sé cómo se puede hacer eso. En el mejor de los casos, sus propuestas son prácticas, funcionan, aunque estén basadas en clichés musicales, referencias musicales que todos tenemos de cómo puede la música acompañar o provocar un determinado estado emocional, etc. Y claro, en ese momento, la poca creatividad que tengas, queda totalmente abolida. Si quieres hacer algo de una manera mínimamente personal y sincera, te tienes que esperar. Es precisamente en ese momento donde entra en acción una habilidad que he ido desarrollando desde niño. Se trata de hacer ver que accedes a lo que te dicen, incluso poniendo un gran interés en ello, sorprendiéndote por la originalidad de la idea, para después hacer lo que te dé la gana, pero haciendo incapié en que era exactamente lo que te pedían, que has sido obediente. A veces funciona, a veces no.

Resulta que el dramaturgo para el que he tenido la suerte de hacer más música es Federico. Y la verdad, siendo pianista y amigo de Falla, siempre me queda la extraña sensación de que probablemente no aprobaría mis propuestas.

federico-garcia-lorcaCon veinte años hice con una guitarra sola “La Casa de Bernarda Alba”. Con el grupo universitario “Caramba Teatro!” hice (disfrazado de mosquito con el bueno de Emilio López, Manu Collado y Fernandito Guillén) “Los Títeres de Cachiporra”. También tocamos para la lectura dramatizada de “Poeta en Nueva York” y “El Maleficio de la Mariposa”.  (Por cierto, un verano, hace como diez años, recreamos la actividad de “La Barraca” y sus giras por los pueblos más pequeños de Andalucía, llevando el teatro donde no hay salas. En algún pueblo no había más de cincuenta habitantes. Este Lorca era un tío genial. Eso sí que es tener preocupación social). Y por último, este año hice para Germán Coronas y su grupo “El Amor de Don Perlimplín con Belisa en su Jardín”.

No sé si Lorca les daría el visto bueno.

Por si no tenéis nada mejor que hacer, os dejo algunos momentos de “El Amor de Don Perlimplín…”

“Ratones”

Tema principal de “Don Perlimplín”

“El Amor de Belisa (Perlimplín)”

“El Honor de Don Perlimplín”

“Herido” (Perlimplín)

Anton XXII, “el Fumador”

22 Junio, 2009 - Escribir una respuesta

9ade08Resumiendo un poco la cosa, un profesor decía que hoy en día hay dos tipos de compositores: los que componen sobre el papel y los que componen con el oído; los que hacen un desarrollo impresionante de su obra a base de cálculos matemáticos, proporciones, progresiones, relaciones interválicas y medidas rítmicas que responden a patrones cíclicos, a veces desarrollados en espiral, a veces ensanchándose y encogiéndose, etc. (en mi opinión, una cagada); y los que se enfrentan al proceso creativo guiándose principalmente por el oído, la experimentación, el contacto directo con los instrumentos y su sonoridad. Una de las principales diferencias es que los primeros no siempre saben cómo va a sonar su obra, ni falta que les hace. Lo principal es vender bien el producto, hablando sobre él, analizándolo, pero no necesariamente escuchándolo. No es broma. A veces se escudan en lo matemático de las composiciones de Bach. Esto también es una cagada, porque, entre otras cosas, Bach suena muy bien, y no nos importa tanto su complejidad y perfección formal, sino lo que nos provoca al escucharlo. Que juegue casi constantemente en la estructura, en la relación interválica y en el ritmo con el número catorce, que surge de adjudicar un número a las letras de su apellido, siguiendo el orden alfabético: A=1, B=2, C=3, etc. (B=2+A=1+C=3+H=8, en total 14), no nos emociona tanto como la audición de sus composiciones. No nos interesa tanto su gusto por la simbología aplicada a su obra, realmente impresionante y sorprendente, como el contacto directo con su música. Reducir su música a simples cálculos matemáticos sería, como digo, una cagada.

Este último trimestre tuvimos la suerte de recibir en el Conservatorio al compositor David del Puerto, que estuvo durante dos tardes dando unas charlas sobre música, composición, la música del siglo XX y su obra. Fue muy crítico con la situación actual de la música y especialmente con los compositores, al fallar completamente la funcionalidad de su trabajo, por ser incapaces de conectar con el público y estar siempre dependiendo de subvenciones públicas que los mantienen vivos como si de una UVI móvil se tratara, a base de respiración asistida y electroshock. Si a esto sumamos que los programadores de teatros y salas de concierto tampoco hacen mucho por variar esta situación, ofreciendo principalmente música clásica tradicional por un lado y por otro, y en una mínima medida, música contemporánea que entre en la misma línea de la subvencionada, podemos sacar la conclusión de que hay muchísima música contemporánea que no conocemos y que podría perfectamente tener aceptación por aficionados a la música, sin necesidad de ser expertos, sino simplemente oyentes que tengan ganas de experimentar con el sonido a través del oído y no del papel o la palabra.

Anton_Webern_Modling_Summer_1930Mi profesor llegó a comentarme que este compositor, David del Puerto, llega incluso a tener serios problemas para que su música se interprete en teatros por dejar en ridículo a los demás compositores que estén programados en el mismo día. La comparación los deja en pañales. Tiene esa clase de problemas a pesar de ser Premio Nacional de Música. Pues ésa es la situación, una auténtica cagada.

El límite de una música que de antemano establezca unas normas de organización del sonido bastante estrictas lo podemos encontrar en el sistema dodecafónico, o serialismo, creado  y desarrollado a mediados del siglo XX por Arnold Schoenberg y sus discípulos, Alban Berg y Anton Webern, la denominada Segunda Escuela de Viena. Pero el caso es que incluso Schoenberg decía que nunca se podía componer sin inspiración, a pesar de que su sistema pudiera parecer encorsetado. Sin inspiración, cualquier obra que simplemente siga unas normas al pié de la letra sería una cagada. Su sistema se resume a grosso modo en crear una serie (de ahí su nombre) que incluya los doce semitonos de la octava que no puede volver a repetirse hasta que se concluya. Se puede desarrollar en distintas voces, en distintas octavas, con distintos ritmos, etc., pero respetando siempre esta condición. Posteriormente otros autores desarrollaron el serialismo integral, aportación de Anton Webern, que no es más que una mayor complicación y sofisticación del sistema original, ampliando la aplicación de la serie a los restantes parámetros musicales, como la intensidad o la duración.

20050299Aficionado como Bach a la simbología numérica, además de a la cábala, Webern sufrió por ser judío la represión intelectual del gobierno nazi. Otra cagada más de Adolf y sus pamplinas.

Y hablando de cagadas, y de las buenas, la del soldado (paradójicamente americano) que hacía la guardia en el toque de queda establecido en Austria al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El bueno de Anton salió tras la cena a fumarse un cigarro al portal de su casa, para no molestar a su familia con el humo. El soldado percibió algún tipo de actitud peligrosa en el músico y simplemente le pegó un tiro. Ya se sabe que el tabaco mata. Pero yo qué sé, más bien creo que son la guerra y sus consecuencias las auténticas y mayores cagadas.

“Sombrerero Loco” cumple un año.

4 Abril, 2009 - Escribir una respuesta

Mis amigos de “Sombrerero Loco” cumplen un año. Siempre tienen a bien acoger mis posts entre los suyos. Para celebrarlo teníamos que grabar un pequeño vídeo dedicando algunas palabras. Soy un negado con la cámara, o bien no es compatible… sus muertos. Al final, en vez de vídeo, dos fotos y ya está. Felicidades.


Carlos XX y Alberto XXI, “los Violinistas”

17 Marzo, 2009 - Escribir una respuesta

charlie-violin1bEl codo izquierdo hacia la derecha, la mano hacia el lado contrario permitiendo que los dedos caigan sobre las cuerdas suavemente pero con seguridad; el cuello ligeramente ladeado para poder sujetar, sin apretar y sin subir el hombro, el cuerpo del violín, de manera que la mano tiene libertad para cambiar de posición sin sostener demasiado el peso del mismo y así poder vibrar relajadamente, pero sin llegar a soltar, ya que el violín caería; el pulgar de la mano derecha sirve de eje y el índice y el meñique de contrapeso que inclinan el arco arriba y abajo, como una barrera de tren, desplazándolo a la vez aprovechando el peso del brazo y del propio arco, que depende según esté más a la punta o al talón, y así ejercer más o menos presión sobre las cuerdas, pero sin mover el brazo entero desde el hombro, sino distribuyendo el cambio de ángulo desde la muñeca y el codo, y sin variar la posición de caida del arco sobre las cuerdas en cada tramo del mismo, evitando siempre, por supuesto, movimientos bruscos que harían el sonido…

Podría seguir casi ETERNAMENTE.

El violín probablemente sea de los instrumentos más antinaturales que existan. El gran desafío no es en realidad la mano izquierda, que debe buscar la afinación más aproximada posible (siempre imposible); ni si quiera la rapidez de los dedos y los cambios de posición; ni siquiera el peligroso equilibrio entre esfuerzo físico y relajación, que tantas lesiones puede llegar a provocar. El gran desafío es el arco, que produce el sonido, el motor del instrumento. Cambios de presión, de dirección, rebotes, acercamientos y alejamientos del puente que cambian el timbre, diferencian una buena interpretación de una mediocre. Es un tormento para violinistas aficionados como yo, y un prodigio y un auténtico disfrute cuando ves el milagro materializado en las manos y el arte de grandes como Oistrakh, Milstein, Szeryng, Menuhin, Heifetz… Toda una vida de estudio ininterrumpido. Un pianista decía que CUATRO DIAS sin estudiar podían significar AÑOS de pérdida en la habilidad técnica. El cerebro no es capaz de retener durante mucho TIEMPO la información necesaria para conseguir tal grado de precisión si no se refresca y se practica TODOS LOS DIAS durante BASTANTES HORAS.

einstein-violin2bSIEMPRE pienso que uno de nuestros mayores enemigos es algo que no existe: EL TIEMPO. No existe porque si es infinito, no puede acabar ni haber empezado NUNCA, SIEMPRE podemos retrasasar un SEGUNDO más su COMIENZO, lo cual es un contrasentido, porque para definirlo o desmentirlo necesitamos utilizar términos TEMPORALES. O bien no existe, o bien los que no existimos somos nosotros, ya que NUNCA podríamos haber llegado al MOMENTO PRESENTE. Y yo creo que sí existo, lo que no sé es CUÁNDO, quizá sólo CUANDO duermo y sueño… El caso es que, exista o no exista, sea “relativo” o invariable, el TIEMPO es y será SIEMPRE un pedazo de hijo de puta: entre otras cosas, discrimina a las personas según su inteligencia, pues según lo inteligentes que seamos necesitamos más o menos TIEMPO para realizar alguna actividad o aprender algo. El TIEMPO es la única diferencia. Y somos tan gilipollas que todo lo medimos y valoramos metiendo de por medio al puto TIEMPO de los cojones.

Chorradas aparte, TIEMPO es lo que hace falta para llegar a ese grado de precisión del que hablaba ANTES, con el violín y con cualquier otro instrumento. Menos mal que Chaplin y Einstein dedicaron la mayor parte de su TIEMPO a otras cosas, ¿no?

Y yo mejor me pongo a estudiar un poco y me dejo de pamplinas, que este trimestre en el Conservatorio me van a meter el violín por el culo.

(Aclaración: Chaplin era zurdo).

Roberto XIX, “el Adolescente”

10 Marzo, 2009 - Comentarios desactivados

 

portraitgraphik-schumann18-”¡¡Papi, te presento POR FIN a Pepe!! ¿A que tenías muchas ganas de conocerlo?”.

-”¡Uy, sí!, unas ganas locas por saber quién es el que pretende casarse con mi única hija y, dicho sea de paso, la única heredera del emporio “Golzálvez-Montanejos”, pero seguro que eso ya lo sabes, ¿verdad, chaval? Encantado. Vaya, eso de vivir tan lejos de nuestra familia… ya quería yo pillarte por banda. A ver, cuéntame, ¿A qué te dedicas por esas tierras andaluzas donde se vive tan bien y se trabaja tan poco?, je, je, porque Paulina me ha contado no sé qué de que te dedicas a enseñarles música a los niños y que te estás preparando unas oposiciones a no sé qué. ¿Todo eso cómo se llama?”

-”Bueno… la verdad es que soy trombonista”.

-”¿Tromboqué…? Será trompetista, ¿no?”

-”Trombonista, señor. Las trompetas están afinadas en si bemol y a mí nunca se me dió bien el transporte”.

-”Vaya, vaya… Transportista.  No, no, si está muy bien. Es que nunca habíamos tenido un músico transportista en la familia. ¿Y eso da para vivir? Bueno, espero que te lo pases bien antes de VOLVER para tu tierra… (Aparte) Paulina, esta noche tenemos que hablar tú y yo”.

 Y es que a quién se le ocurre, Pepe. Dile que acabaste una licenciatura de 14 años con las mejores notas, que llevas 5 años de interino y que compaginas tu actividad docente en el Conservatorio de tu ciudad con un taller en el que enseñas música a niños con pocos recursos, pero no digas que eres trombonista, picha,  ni músico. Para eso, di mejor que eres un juerguista, un mujeriego, que le das a la farlopa y que aspiras a dar el braguetazo del siglo, que es más o menos lo mismo que decir que eres músico.

 Por eso yo soy estanquero, para que no se metan conmigo.

Es verdad que no todo el mundo tiene esta opinión de los músicos, pero esta anécdota inventada no tiene mucho de exageración. El s.XX, con el Jazz y el “Sexo, Drogas y Rock´n´Roll”, puede tener algo de culpa, pero ¿en qué etapa de nuestra vida hemos hecho más locuras y pamplinas? Si hacemos un paralelismo entre la vida y la historia de la música, hay un periodo musical que siempre he relacionado con la adolescencia: el romanticismo, que también es, en cierta parte, responsable de la imagen díscola del músico. No soy el más indicado para extenderme sobre este periodo artístico, ni para justificar el paralelismo. Es una opinión subjetiva.

Así pues, vamos con uno de los “adolescentes” de este periodo. He pillado algunos fragmentos de diversas páginas de internet sobre él:

schumann4thsymphony“…Robert Schumann estaba convencido de que los ángeles le dictaban sus composiciones”.

 ”…La vida de Robert Schumann (1810-1856) estuvo marcada por sucesivos episodios de crisis emocionales y depresivas, comportamientos obsesivos e intentos de suicidio que finalmente le llevaron a ser internado en un sanatorio psiquiátrico en Enderlich, próximo a Bonn, donde finalmente falleció. A los veintidós años de edad, la carrera de Schumann como virtuoso del piano se vio frustrada como consecuencia de una obsesiva idea de fortalecer e independizar los movimientos del cuarto dedo y conseguir así mayor flexibilidad en sus manos. Con tal propósito crea un artefacto de madera que sujeta su dedo anular y estira los demás, lo que le provoca una anquilosis de la mano, arruinando así cualquier expectativa de triunfo como intérprete. Esta desafortunada lesión lleva a Schumann a un estado depresivo, que se agravó tras el suicidio de su hermana Emilia. Los primeros síntomas de su débil estado mental le sobrevienen a los veintitrés años: Desvanecimientos, hemorragias, respiración entrecortada, crisis de angustia, que culminan en una noche de terror en que se «siente volver loco» e intenta, para librarse del sufrimiento interior, tirarse por la ventana. Pasa unos meses aislado, indiferente a cuanto le rodea, irritable e inactivo. Cede la crisis y reanuda su vida como compositor y crítico musical, pero le queda para siempre como secuela la fobia a los cuchillos y a los pisos altos“.

“…Las fases depresivas de Schumann se suceden en diversos grados de intensidad y su obsesión por el silencio le lleva a cambiar de domicilio en cuatro ocasiones. En los últimos años de su vida, que coinciden con una mayor actividad compositiva se agravan los desajustes emocionales de Schumann y comienzan a perturbarle alucinaciones visuales y auditivas. Voces y gritos que incluso le hacen creer que “Mendelssohn y Schubert le dictan desde sus tumbas melodías sublimes, y que por ello todos le envidian y persiguen”. Dos años antes de su muerte, Schumann vivía obsesionado con acúfenos (sonidos producidos por el propio oído) entre los que sobresalía la nota “la” y que le ocasionaron un gran sufrimiento psicológico. Resulta significativa la carta que el violinista y compositor Joseph Joachim (1831-1907) envió el 18 de febrero de 1854 a Albert Dietrich, discípulo predilecto de Schumann. En algunos de sus pasajes, Dietrich describe con detalle las alucinaciones que padece su maestro: En una carta reciente a Brahms le insinué que los nervios de Schumann estaban en bastante mal estado. Esto ha ido empeorando día tras día: escuchaba música continuamente, a veces de la más bella factura, pero a menudo espantosa. Posteriormente se añadieron voces de fantasmas que, según él pensaba, le gritaban cosas terribles y maravillosas al oído. El sábado pasado fue presa por primera vez de un violento arrebato de desesperación. Desde ese momento la mente de Schumann se vio obviamente afectada; los fantasmas no le dejaron ni un momento en paz”.

“….En esta época, la tortura que le provocan las visiones y constante depresiones, le conduce a intentar suicidarse en el Rhin, siendo rescatado por unos pescadores, tal y como relata Dietrich en la carta anterior: El pasado lunes hacia el mediodía se las arregló para escaparse de casa. Hasenclever [médico de Schumann], schumann_page270yo y muchos otros le buscamos en vano hasta después de la una. Sobre esta hora fue devuelto a casa por cuatro barqueros. Lo habían rescatado del Rhin; se había tirado al río saltando desde la mitad del puente. Ahora, como antes, está aparentemente cuerdo, y sin embargo su mente está tan afectada que los médicos no albergan esperanzas de que pueda recuperarse en breve”.

“…El 28 de julio de 1856, Robert Schumann fallece internado en un sanatorio mental y alejado de su esposa Clara Wieck, de sus hijos y de su música. La teoría más aceptada sobre el padecimiento de Schumann le atribuye un trastorno bipolar o psicosis maniaco-depresiva o una esquizofrenia”.

Pío Baroja decía: “La música es un arte que está fuera de los límites de la razón, lo mismo puede decirse que está por debajo como que se encuentra por encima de ella”.

Ennio XVIII, “el Inevitable”

12 Febrero, 2009 - Escribir una respuesta

No voy a caer en la tentación de hacer un pareado fácil: Ennio no es un genio, es un currrante. A las seis de la mañana a currar. Nada de hacerse el remolón en la cama, como me gusta a mí. Nada, nada, a componer se ha dicho. Nada de esperar a que una musa revolotee a su alrededor y le lleve de la mano por los recónditos laberintos del subconsciente donde encontrar una idea que desterrar al racional y consciente mundo del papel y el lápiz para garabatearla en un pentagrama. Nada, nada, a levantarse y a ponerse a currar. Si no, ¿cómo carajo iba a hacer cerca de quinientas bandas sonoras en su carrera? Y la cantidad no es la cuestión, ni si quiera el que nos encanten muchas de ellas. Más que la belleza de su trabajo me gustaría resaltar otra cualidad que en el mundo del cine es más necesaria: la coherencia. Y eso es un trabajo, el de toda una vida.

Nada de orquestadores que terminen de perfilar el trabajo compositivo. Él se lo come con papas de cabo a rabo. Yo lo interpreto como un planteamiento de su trabajo entendiendo y admirando la obra de grandes compositores como Bach, Mozart, Beethoven… y una de sus cualidades más sorprendentes: la inevitabilidad de su música. ¿Qué es esto? Pues que su música es inevitable. ¿Por qué? Porque no sobra ni falta nada. Tras un muy laborioso proceso en el que se revisa una composición, la estructura, la distribución entre las voces, las distintas alternativas a la hora de armonizar, orquestar, etc., se rechazan todas las opciones y se queda sólamente una, que no es ni la más compleja ni la más elaborada, sino más bien la más sencilla e inevitable. Siguiendo, como dice un profesor mío de composición, la ley del más flojo: expresar más con menos. Y no nos engañemos, eso es un trabajo, el de toda una vida.

Pero Morricone hace música aplicada, para el cine. Entonces debe añadir coherencia dramática a su trabajo. Sé que algunos conocéis bandas sonoras suyas, por ejemplo de los setenta, que casi nadie reconocería, y habéis escuchado al enseñársela a alguien:“¡¡¡¿Eso es de Morricone? Qué raro!!!”. Para mí eso es coherencia. Sacar una banda sonora de la película para la que está hecha es un error. Nos gusta La Misión, pero para mí no es de sus mejores trabajos. Mi banda sonora favorita es Érase una Vez en América, pero tampoco considero que sea su mejor trabajo. Probablemente lo mejor de Morricone esté disperso entre muchas bandas sonoras, muchas desconocidas, aportando a cada una de ellas un enfoque “inevitable”, ayudando al ritmo narrativo, ayudando a comprender a los personajes, ayudando al director a contar una historia, sin florituras ni exhibicionismo. Aunque al escucharlas fuera de la peli nos resulten raras, incluso feas.

Debo reconocer que además el tio me cae bien. Es un poco suyo, serio, tranquilo, amable. No suele grabar fuera de su Roma natal. Todo queda en casa. Que un director o un productor quieren contar con sus servicios, pues que la banda sonora se grabe en Roma con los músicos de la Academia de Santa Cecilia. Que hay que hablar con él, que aprendan italiano. Que necesita más tiempo para elaborar la banda sonora y grabarla a gusto, pues más tiempo. Se puede permitir esos lujos, y creo que se los merece.

Esa coherencia de la que hablo se puede apreciar a veces en detalles casi imperceptibles. En Cinema Paradiso podemos oir una grabación casi seca, con pequeñas desafinaciones en los metales, con un grupo de cuerdas reducido y con un piano que a veces me parece vertical y no de cola. Un sonido más bien pobre, bastante cercano a una banda de mediados del siglo pasado. Quedaría más resultón y pomposo con la Orquesta Sinfónica de Londres, claro, pero no sería coherente ni nos ayudaría a “sentir” la película de la misma manera: “¡La plaza es mía!”.

Coherencia dramática también se alcanza ofreciendo la música antes del rodaje, para que actores, director de fotografía y montador puedan desarrollar su trabajo teniendo una visión más completa del posible resultado final, método que pudo desarrollar con su compañero de colegio Sergio Leone, y que otros músicos como Philip Glass también han desarrollado posteriormente en películas como Kundun, de Martin Scorsese. Ese trabajo paralelo de la música con la producción de la película nos regala momentos tan dramáticos e impactantes (y de otra manera imposibles) como en Hasta que llegó su Hora (“Once Upon a Time in the West”), en el que podemos ver a un Charles Bronson desafiante y vengativo, haciendo cada una de sus apariciones tocando su armónica a modo de presentación y advertencia, con una pesada, reiterativa y machacona “minimelodía” de dos notas a distancia de un semitono. Lo que durante toda la película se nos presenta como una aburrida pieza, se convierte por el sutil arte de la anticipación en un dramático efecto al descubrir que esa melodía no es sino la respiración del personaje de Charles niño, que aguantaba sobre sus hombros a su hermano con la soga al cuello, con las manos atadas y la armónica en la boca, respirando (jadeando), intentando no desfallecer y dejar caer y morir ahorcado a su hermano, produciendo esa “melodía-respiración” que ahora nos llega a emocionar. Esa melodía obsesiva y “real”, que ocurre en la historia, no puede encarnar de mejor manera el trauma y el ansia de venganza del niño. Música aplicada, hecha drama y coherente.

Siempre agradeceré a este hombre su participación en pequeñas producciones, económicamente hablando, que me sorprenden cualquier noche, zapeando y encontrando su música, que reconozco con una sonrisa, en cualquier producción cinematográfica o televisiva de los sesenta, setenta, ochenta… y que ni imaginaba que contara con su colaboración. Afortunados ellos. Y eso es un trabajo, el de toda una vida.

Ella XVII, “la Fugitiva”

22 Enero, 2009 - Escribir una respuesta

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El Sr. Saqman y yo teníamos en EGB un profesor que decía que la vida era como una sardina que había que comerse entera, con espinas y todo. Decía que hay gente que se come primero la carnita tierna y deja las espinas para el final. Mala táctica. Lo ideal es ir alternando las espinas con la carne,  ir pasando los malos tragos poco a poco, rodeándolos de buenos momentos. Las personas tenemos la habilidad de destacar los mejores momentos de nuestra vida, y de alguna manera los agrandamos mitigando los malos. Puede ser por la extraña manía de rodear los recuerdos de cierta melancolía por la cual añoramos lo que no tenemos, lo que perdemos y ya pasó, pensando que era estupendo. Así digerimos mejor las espinas, o nos da esa impresión.

Se ve que Ella Fitzgerald se tragó casi todas las espinas al principio. Nace en Virginia en un ambiente humilde. Siendo muy niña su padre las abandona a ella y a su madre, por lo que se trasladan a Nueva York y pasan a vivir con el nuevo novio de ésta. Allí tienen otra hija, pero un accidente de tráfico en el cual muere su madre y las sospechas de abuso por parte de su padrastro separa a las hermanas, viviendo Ella con su tía y su hermana Frances con el padre. La muerte de éste, debida a un ella2ataque cardíaco, vuelve a juntar a las hermanas poco tiempo después. El resultado de este ambiente desarraigado es absentismo escolar y problemas policiales, con continuos ingresos en reformatorios y sus consiguientes escapadas de éstos y del propio hogar.

Siempre suelo llevar, consciente o inconscientemente, algún tema en la cabeza, algún fragmento de alguna pieza o canción, o simplemente, una melodía o ritmo que se repite, a veces machaconamente, mientras realizo cualquier actvidad. En momentos de estrés, ese ritmo se acelera, creando un bucle que acentúa el estado de nerviosismo y que no puedo eliminar a no ser que encienda la radio o ponga algún disco que me libere de esa presión. Otras veces, simplemente me paro y recuerdo algún fragmento de otra música que me ayude en esa situación. Sólo en algunas ocasiones ese fragmento que se “crea” inconscientemente me resulta interesante e intento retenerlo o escribirlo en un trozo de papel.

No puedo evitar imaginarme a Ella saltando algún muro o descolgándose de una ventana y corriendo sola en mitad de la noche con la única compañía de algún tema de sus admiradas “Boswell Sisters” dando vueltas en su cabeza, sin poder predecir que realmente ése iba a ser el  medio por el cual iba a poder escaparse de la continua encerrona en que se había convertido su vida: la música. Y es que en su mirada y en el tono de su voz pueden apreciarse a la vez la grandeza y  la humildad de alguien que conoce la dureza de la vida. Una humildad que sólo la convierte en una diva subida en un escenario y que le permite afrontar con honestidad y sinceridad los eternos y recurrentes temas de amor y desamor, de alegría y de pena que siempre se han desarrollado en las canciones.

ella1No sé por qué, pero siempre me la he imaginado como una madre cariñosa y tierna, con una sonrisa siempre dispuesta y tarareando una nana a su hijo. No me preguntéis.

Una larga carrera llena de éxitos, abordando muy diferentes géneros y siempre con una asombrosa solvencia, le permitieron disfrutar de la ternura de la carne, y sólamente la espina final de una diabetes que le costó la pérdida de la vista y las piernas, pudieron amargar sus últimos años.

Tenéis muchas páginas de consulta para conocer datos de su carrera: estilos abordados, discografía, músicos con los que trabajó, premios, etc. Buscaros la vida. Aquí sólo os dejo las palabras que le dedicó Duke Ellingston, que aparece completamente embelesado en la foto de en medio: “Ella Fitzgerald está más allá de cualquier categoría”.